Estimada Tía Asunción:
Te escribo para compartir contigo un asunto de mucha importancia para la educación de nuestros pequeños - cuando digo pequeños, no me refiero solo a nuestros hijos - me refiero a los niños en general, a todos ellos, a los que están en el colegio, en la calle, a los que están sin madre, pues ellas están lejos, en alguna tierra lejana buscando mejores horizontes, a los niños enfermos, a los leucémicos, a los que en otras latitudes están en medio de una voraz guerra, a los niños esclavos, a los niños sometidos por las redes de prostitución, a aquellos que trabajan en las minas, a quienes no sirven la carne ni los huesos para intentar dibujar una geometría, a los hambrientos, a aquellos, a quienes sus miradas no son precisamente de esperanza, sino más bien de desespero, de desamparo, que no saben, que no entienden quien es un niño, a aquellos que día a día sufren y conviven con su propio holocausto convencidos que forma parte de ellos mismos, sin saber siquiera por un instante la diferencia.
Pero, lo sabemos acaso nosotros, o es que intentando el dilucido de adulto, nos perdemos en esa red incontenible e insostenible de irrealidad absoluta y buscamos inventar una necesidad de satisfacción festejando el día del niño, de los nuestros solamente, con castillos inflables, con sabores de la hamburguesa del tío Sam, con juguetitos, con caritas pintadas, en fin, intentando crear un momento que no concilia con la realidad, puesto que esta decanta por su propio peso y cae, una y otra vez cae, sin que ninguna acción o actitud la pueda contener. Es tan certera, que repite su caída y lo seguirá haciendo, hasta que sigamos con la farsa de colocar en nuestros hijos el invento de la necesidad de satisfacción de una sociedad de consumo, que no se jacta precisamente del orgullo del respeto y cobijo hacia sus niños, ni de la memoria histórica del día en que se celebra un año más del holocausto infantil que tuvo este país y que no debe olvidarse bajo excusas de cocas colas, caramelos, regalos y hamburguesas.
El día del niño, no es un festejo, es un recuerdo del terrible día en que miles de niños sucumbieron bajo las armas defendiendo nuestro terruño, ya mil veces olvidado, como consecuencia de un régimen político nefasto que tiró a sus esperanzas a un campo de batalla.
El 16 de agosto, debemos festejar o debemos recordar, no es acaso recordando y rindiendo un homenaje, que cumpliremos con ese deber histórico que como docentes – sujetos legítimos del cambio – nos ocupa la labor de despertar ese fervor patriota necesario para seguir, para esperar, para cambiar y enmarcarlos dentro del modelo de educación que juntos proponemos.
Que es lo que festejamos, si no agotamos las instancias de la realidad y damos a nuestros niños la conciencia suficiente para que ellos junto con nosotros, recuerden ese día con respeto y honor, dentro del marco justo y necesario de valores cristianos y ciudadanos, para luchar contra los holocaustos actuales y cotidianos.
Tal como está planteado, el festejo sobra, el recuerdo subyace bajo la máscara del consumismo, el respeto no tiene entrada, el honor se desdibuja en lo etéreo, y los valores no terminan de encajar. ¿Es esta la conciencia que propugnamos para un niño?
Que haríamos si los judíos en vez de recordar festejaran con fiestas interminables las muertes de tantas víctimas. Igualmente las familias de Hiroshima y Nagasaki, podrían hacer lo mismo, comiendo hamburguesas King, sobre la tumba de sus muertos o bien, las familias del Ykuá Bolaños, sedientas de justicia y sometidas por el régimen de la impunidad prefirieran baile de mascaradas y tomar coca cola celebrando tantas muertes.
Los extremos ayudan a situarnos en ese punto de partida necesario para la reflexión, de modo a obtener una visión más completa del tema, permitiendo que nuestras acciones encaren la construcción de actos que contengan la corriente consumista y superficial, para de esa manera, reencauzar la perspectiva de cambio que urgentemente necesitamos.
Un holocausto debe ser transmitido de generación en generación, generando el marco propicio para la instauración de la memoria histórica y con ella el descubrimiento de la identidad cultural y nacional que hasta hoy no conocemos. En la evocación histórica de la inmolación infantil, encontramos 140 años después la sabiduría para reconocer la diferencia.
La muerte de tantos niños genera tristeza, impotencia e incomprensión y hace emerger un deber patriota no solo de reconocimiento, sino también de esmero en evitar que vuelva a repetirse. ¡Nunca más holocaustos¡
Concierne al rol educativo propender al desarrollo de las habilidades, de las emociones y de lo intrínseco y extrínseco que solo el ser humano puede: Su espíritu de bondad, de valor, de conciencia, de respeto, de amor, de caridad, de sensibilidad, de realidad, de humildad, de solidaridad y de amor.
Estamos preparando adultos con estas cualidades o es que estamos criando fieras del consumo y la depredación, que en el futuro tendrán en sus manos este país y el mundo.
Recordemos el 16 de agosto, como debe ser, un homenaje a los niños mártires, una honrosa reverencia a sus madres y un festejo a la conciencia, para que nuestros hijos no tengan que dar su vida por sus ideales pero que su convicción sea férreamente construida en los valores del cristianismo, al punto de vivir en base a ellos.
“Procurad tener tal conciencia, que os sea lícito gozar a menudo de este BIEN”, porque “recia cosa es tomar este santísimo sacramento indignamente”. STJ. Desde al Alma de Teresa, Pensamientos entresacados de las Obras de Santa teresa de Jesús. Homenaje a STJ en el IV Centenario de su muerte.
Con nuestros respetos de siempre y mucho afectos.
Federico Salgueiro
C.I. N° 920.272